Santiago Picatoste • Naturaleza en Persona • IN PALMA

Por IVAN TERRASA • October 4, 2005 

Capas de información y pintura hasta llegar a un orden en el que la Naturaleza del hombre y su obra se hermanan bajo la batuta de Brahms. 

Billete del caos al equilibrio perfecto. Este es el viaje que emprende cada tarde Santiago Picatoste (Palma, 19-IX-1971) desde su estudio en la calle Colón de Madrid hacia las galerías y colecciones más importantes de media Europa. En el Estudio Rojo del Centro Cultural de Andratx, donde ha trabajado este verano, Picatoste abre su mundo de flores baudelerianas al Universo en el que cada mañana se siente otra vez nacer. 

Desde hace tres años vives en Madrid. ¿De qué modo ha influido cambiar de ciudad en tu trabajo? 
Lo fundamental ha sido la llegada del color a mi obra. Mallorca, donde llevaba treinta años, se me había hecho muy cómoda. Al salir he roto el huevo. Madrid es hostil, hay otra vibración en sus esquinas. Eso puede nutrir o destruir la obra. En mi caso, la nutre. 

¿Qué papel crees que juegas en el actual negocio del arte? 
Sé que el arte es un negocio y que hay negocio en el arte, pero eso no me interesa demasiado. A mí lo que me importa es que mi obra vaya saliendo del estudio. 

Cuando nos conocimos en Madrid, hace tres años, dijiste que el artista bohemio de la calle había muerto. ¿Qué tipo de artista eres tú? 
Estoy a caballo entre la pasión por los grabados de Goya y los dibujos de Picasso, y la adoración por el dripping de Pollock, o Motherwell. Pero sobre todo me veo como una persona del siglo veintiuno, como un artista dinámico. 

Que ya ha alcanzado su voz propia, una voz “picatostiana”… 
Ese ícono es fruto de la coherencia en la línea de trabajo acompañada del ansia por seguir evolucionando. Es como tener el cimiento de la casa y cambiar constantemente la decoración. Dinamismo y, sobre todo, contraste, algo fundamental en mi obra: contraste de matices, texturas, opacidades, luz. “No importa lo que hagas, sino como lo representes”, a partir de ahí he podido entender muchas formas de interpretar la plástica. Mis cuadros son la constante metamorfosis de mi propia naturaleza, que concibo como a un personaje. 

¿Cómo es la relación con tu galerista, Xavier Fiol? 
Tenemos una gran compenetración y la suerte de ser amigos. Trabajo cómodo con él porque sé que va a apreciar lo que le muestro. Para mí eso es fundamental. Además me está moviendo por ferias y galerías muy importantes de España y Europa, algo que le agradezco mucho. 

¿Te inquieta llegar a acomodarte con tu obra? 
Dejar Mallorca, moverme, me ha venido bien. Planeo iniciar pronto una aventura en Nueva York porque sé que le sentará muy bien a mi pintura. Me veo en Manhattan creando obras muy impactantes. 

¿Dónde sientes que estás hoy? 
Me siento en comunión directa con mi obra, existe un pasillo directo en el que ella está en un extremo y yo en el otro, una especie de feedback sin muebles de por medio, por el que podemos pasear y hablar los dos sin ningún obstáculo. 

¿Sin sentir soledad? 
Pintar es para mí como desayunar, me da igual que haya una o veinte personas. Prefiero que nadie me vea porque no me interesa que la gente sepa cómo pinto. Eso sí: necesito escuchar música. Sólo cuando estoy apunto de terminar el cuadro, o pongo música clásica o quito la música. 

¿Y cuándo sabes que el cuadro está terminado? 
No lo sé, sólo sé cuándo está apunto de terminar. Entonces mi cabeza necesita estar dos días sin que nadie me moleste, y lo acabo en una hora. Me pongo a Verdi o a Brahms, me separo del lienzo a una distancia apropiada, me imagino como un visitante más en un museo. Y ahí es cuando el cuadro me revela todo lo que ha pasado: qué le sobra, qué le falta, por dónde va.